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¿HOUSTON? ¡TENEMOS UN PROBLEMA!

Hipódromo Político: Por Carlos Cortes

Los principios sobre los cuales se fundó la política exterior mexicana, y qué tenían como objetivo, precisamente, la seguridad nacional, parece que han quedado obsoletos:

La autodeterminación de los pueblos;

La no intervención;

La solución pacífica de las controversias;

La proscripción de amenaza o del uso de la fuerza en las relaciones internacionales.

La igualdad jurídica de los Estados

La cooperación internacional para el desarrollo; y

La lucha por la paz y la seguridad internacionales.

Hoy se ve con claridad que los factores que ponen en peligro el bienestar de nuestro país no están en el exterior, sino que están con nosotros mismos y convivimos a diario con ellos.

En otras palabras, la seguridad nacional en México hoy no está en peligro por intervención militar alguna o algún otro evento dañino para el país. Para el caso mexicano, la noción de seguridad nacional no posee una connotación militar y es, por el contrario, un término eminentemente político.

En la actualidad podemos hablar de vulnerabilidades que ponen en peligro el Estado de Derecho. Entre ellas, el narcotráfico y la delincuencia organizada que han puesto en jaque a los diferentes Gobiernos a lo largo y ancho de toda la República Mexicana. Desde mi particular punto de vista son estos dos factores lo que ponen en mayor peligro la seguridad nacional en la actualidad. Cuando no se pueden garantizar el cumplimiento de las leyes en un Estado, este es débil y por ende está en peligro.

El tema del narcotráfico es de gran actualidad y es tan grave que Sepúlveda seguramente hubiera dedicado un capitulo completo a hablar de esta vulnerabilidad. “El combate al narcotráfico obedece no solo a motivos de salud: el objetivo central es erradicarlo por ser un elemento corruptor de instituciones de seguridad pública, con lo cual se afectan las funciones esenciales del Estado”. Pero para nadie es noticia nueva que el narcotráfico hoy es el tema que pone en peligro el plan de gobierno del Presidente Felipe Calderón. En este mismo texto el autor nos hace reflexionar sobre la enorme dependencia que tiene México y lo influenciada que esta su política exterior por los Estados Unidos.

“El Plan Mérida” es un programa de apoyo para la guerra contra el narcotráfico. Algo parecido al “Plan Colombia” donde los Estados Unidos apoyaron tanto militar como económicamente al país Sudamericano para combatir al narcotráfico. Se habla de un apoyo y una integración para erradicar el problema del narcotráfico, hay que preguntarse: ¿vale la pena ceder en nuestra soberanía? ¿Vale la pena incrementar nuestra dependencia de los Estados Unidos? Para mí esto es un claro ejemplo de que los Estados Unidos influencian demasiado en nuestra política exterior.

Los esfuerzos para erradicar el problema deben ser de cooperación. De igual forma los Estados Unidos se deben hacer más responsables de este asunto, ya que la demanda de este producto (Las Drogas) propicia la producción y el tráfico hasta este país.

El caso de la delincuencia es muy parecido al del narcotráfico, ya que es el crimen organizado el que ha sobrepasado la capacidad de acción de las instituciones y con esto han creado un estado de ingobernabilidad.

En la actualidad la seguridad nacional no debería enfocarse primordialmente en la protección de la soberanía, sino, preocuparse y ocuparse por la calidad de vida de sus ciudadanos. Es decir; garantizar la seguridad, la  salud, la posibilidad de un buen empleo, educación, en palabras del Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, “elevar el índice de desarrollo humano”.

En mi opinión y basándome en lo leído en el texto de Bernardo Sepúlveda estos temas deben entrar ahora, tanto, en los intereses como en la seguridad de una nación como México que no tiene amenazas de ser intervenida militarmente o de ser blanco de un atentado terrorista.

Sin duda existen otras vulnerabilidades que nuestro país sufre en la actualidad como; el tema del petróleo, el alza de los precios, la corrupción. Lo importante es poder identificar la gravedad de las vulnerabilidades para marcar prioridades en el trabajo por disminuirlas o erradicarlas. “Por ser el concepto de seguridad nacional un término relativo, y por no existir un sistema de pesas y medidas que permita ponderar los grados de afectación de la seguridad nacional, para cada caso y circunstancia se tendría que elaborar un juicio de valor”.

El 29 de diciembre de 1836, México y España firmaron el “Tratado Definitivo de Paz y Amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España”.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, envió una carta al Rey de España, Felipe VI, en la que le insta a reconocer y pedir disculpas por los atropellos que las autoridades mexicanas consideran se cometieron durante la Conquista.

En el tratado firmado hace 183 años, precisa que ambas naciones se comprometían a olvidar para siempre las diferencias: amistad y buena armonía entre ambos pueblos”, menciona el documento.

Además del olvido, también precisa que habrá total amnistía para mexicanos y españoles, más allá de la postura y las decisiones que se hayan tomado en la guerra.

Esta deberá ser para siempre aunque reconoce que los ciudadanos de ambos países conservan expeditos y libres sus derechos para reclamar y

obtener justicia y plena satisfacción de las deudas “bona fide” (buena fe).

“Una amnistía general y completa para todos los mexicanos y españoles, sin excepción alguna, que puedan hallarse expulsados, ausentes, desterrados, ocultos, ó que por acaso estuvieren presos o confinados sin conocimiento de los gobiernos respectivos, cualquiera que sea el partido que hubiesen seguido durante las guerras.

“Esta amnistía se estipula y ha de darse por la alta interposición de S. M. C., en prueba del deseo que la anima de que se cimente sobre principios de justicia y beneficencia la estrecha amistad, paz y unión que desde ahora en adelante, y para siempre, han de conservarse entre sus súbditos y los ciudadanos de la república mexicana”, señala el tratado.

En esta también hace un Llamados a mirarse como hermanos por sus antiguos vínculos de unión de identidad de origen, y de recíprocos intereses.

Una vez más, Andrés Manuel López Obrador ha engañado con la verdad. La primera señal que traía una espina clavada contra España se dio durante los preparativos para la toma de posesión en San Lázaro. Alejandro Esquer, secretario particular del entonces presidente electo, revisaba los lugares de los invitados especiales y cuando llegó al de los reyes de España dijo que no habría dos asientos para ellos sino uno. La reina Leticia tendría que sentarse separada de su esposo.

Todas las objeciones diplomáticas fueron rechazadas. Finalmente, la reina no viajó a México. La segunda fue en el discurso de los 100 días de gobierno, donde López Obrador, anticipó todo en 40 palabras: “Inició el Programa de Rescate del Patrimonio Cultural y de la Memoria Histórica. Este año está dedicado a conmemorar el asesinato de Emiliano Zapata Salazar, así como los 500 años de la primera gran resistencia indígena frente al invasor español”.

No habría que sorprenderse entonces que este lunes, 14 días después de cumplirse 500 años de la Batalla de Centla, donde los chontales -de su tierra Tabasco- se enfrentaron y perdieron ante las tropas del conquistador Hernán Cortés, diera a conocer el contenido de dos cartas, una dirigida al rey Felipe VI y la otra al Papa Francisco, donde los exhorta a que ofrezcan perdón por los “agravios” cometidos contra los pueblos originarios, conocidos ahora como violaciones a los derechos humanos, durante la conquista española. Si alguien quiere burlarse, no lo haga. López Obrador sí cree lo que dice. Su problema no es la honestidad, sino la incongruencia.

Frente a la corona española y El Vaticano, que den disculpas, porque “todavía, aunque se niegue, hay heridas abiertas”. El problema, que tampoco puede ocultarse, es que se compara con Estados Unidos. Más de 156 intervenciones en México, en el recuento del historiador Gastón García Cantú, forman parte de las heridas inflingidas. Incluye la pérdida del 50% del territorio en la guerra de 1846-48, la ocupación de Veracruz en 1914 para evitar llegada de armas en apoyo a Venustiano Carranza, y la expedición punitiva contra Francisco Villa en territorio mexicano en 1916, luego de que el jefe revolucionario atacara Columbus, en Nuevo México.

El espejo estadounidense se coloca frente a la reciente visita de Jared Kushner, yerno del presidente Trump y asesor especial a cargo de las relaciones con Israel y con México, con el presidente López Obrador. El encuentro fue intenso pero respetuoso, donde Kushner entregó -y lo dijo textualmente, explicaron funcionarios federales-, el mensaje de Trump: está en total desacuerdo con la política migratoria de México, porque en lugar de contener a los inmigrantes los deja pasar. Esa política está contaminando la discusión con los demócratas en Washington, explicó Kushner, y pone en riesgo la ratificación del acuerdo comercial norteamericano. Si el gobierno mantiene esa política, quedó claro, no habrá acuerdo y Trump repudiará el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

López Obrador se dio cuenta que la relación con Estados Unidos está en problemas. Tras el cambio de gobierno, fueron degradadas en la Casa Blanca y la ventanilla se envió al Departamento de Estado. El secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, no es recibido en la Casa Blanca y Kushner tiene un contacto mínimo con él. El secretario de Estado, Mike Pompeo, lleva la relación con él, pero sus prioridades se encuentran en Venezuela -donde la Casa Blanca aún no se siente afectada por la posición neutral de México-, Irán y Corea del Norte. La reapertura de una ventanilla directa entre López Obrador y Kuchner, fue buena para la relación bilateral, aunque los mensajes recibidos fueran ominosos.

En el encuentro de tres horas con López Obrador, dijo un funcionario mexicano, Kushner expuso que el problema no era con la inmigración hondureña en general, sino con los criminales y los paquistaníes y sirios que, afirman, han aumentado su tránsito por México. El asunto es de seguridad nacional. López Obrador no había visto la dimensión del problema ni lo había atajado en las discusiones de gabinete donde se han confrontado dos visiones antagónicas.

Por un lado, la de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, principal promotora de dejar entrar a los inmigrantes, que se ha enfrentado con la posición de Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, con una visión pragmática del fenómeno. Los argumentos de Ebrard fácilmente desmontan los de Sánchez Cordero, pero el respaldo que le da el subsecretario de Gobernación para Derechos Humanos, Alejandro Encinas, había inclinado hasta ahora la balanza hacia el paso libre de migrantes, protegidos por la Policía Federal. El presidente, hasta la reunión con Kushner, los había respaldado.

Sin embargo, de acuerdo con los detalles de la conversación, esto se acabó. López Obrador instruyó a la Secretaría de Gobernación para que comenzara a contener a los migrantes en la frontera sur. En paralelo, Sánchez Cordero viajó a Washington, donde este martes se reunirá con la secretaria de Seguridad Territorial, Kristej Nielsen, para hablar sobre este tema. López Obrador no quiere tener problemas con Trump, pues sabe -ha dicho varias veces en privado-, que el único que puede descarrillar a su gobierno y afectar su proyecto es el jefe de la Casa Blanca. España y El Vaticano no le importan.

Pedir que ofrezcan disculpas no le afecta en nada por ahora, aunque los analistas internacionales lo coloquen en la trinchera de los presidentes Nicolás Maduro de Venezuela, y Evo Morales de Bolivia. Felipe VI y Francisco puede hacer sus reivindicaciones de los pueblos originarios y detonar un conflicto diplomático de la nada, pero con el norte, respeto y subordinación tácita, como nunca nadie se imaginó que lo haría.

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